lunes, 23 de enero de 2012

Atravesar el Espejo

A veces, cuando estoy nerviosa, bailo. Bailo para olvidar, para enfadarme, para alejarme de las sobras que me comen terreno en el escenario, de las que no puedo escapar... 
No hay nada que no pueda arreglar encendiendo el caset y dejandome llevar por la musica.
Porque, al fin y alcabo, todos saben que cuando empiezo a bailar mi cerebro se sumerge en una bañera de notas y compases acelerados, que no soy yo, que un brillo especial recorre mis ojos, y que consigue disimular mi expresion ausente habitual.
Esto me gustaba, era, al fin y al cabo, mi vocación... Pero te fuiste, mamá, te fuiste sin despedirte, del modo mas egoista que pudiste... ¿No eras feliz? Despierta mamá, nuestra casa estaba demasiado sucia como para que alguién lo fuera. Papá se quedo destrozado, fue el quién te encontró, ayer, en tu quinto aniversario, porfín me dijo a mí, lo que no le ocultó nunca a vuestra almohada. Dejando media cama fría sin tu tacto. Lloró, y yo, como por tu culpa, le odio, no supe que hacer.Supongo que es lo que perseguias, no dejando que él me tuviera para si mismo mas tres segundos. Intentaste cambiarme en muchos sentidos, pocos buenos, pero en cierto modo, tenias derecho, soy tu hija. Lo que nunca te perdonaré, es lo que hiciste con papá. Cuando te fuiste, de rrepente algo se movió en su cerebro, y desde entonces se convirtió en tu sombra. Me apunto a clases de baile, justo como tu siempre quisiste, y se dio al blues, que todo el mundo sabe que corrompe el alma hasta dejarte hecho un guiñapo lacrimoso. En una de esas, ayer, entre Aretha Franklin, y una moderna Adele, me miro con esa cara que podría enseñar la verdadera aceptión de melancolía, y sonrió con sus labios contorneados por un bigote de brandy. Supe que ya estaba muerto, aunque respirara, su corazón realmente había dejado de latir 5 años atrás, y esa dependencia y ese egoismo, me hizo salir llorando hasta mi cuarto. 
Pero ya no puedo escaparme de tí mamá, ni siquiera con ayuda de una canción. 
Así que, como tu me enseñaste, vestí con tu ropa, y realicé la rutina que hacías todos los domingos por la mañana. Cogí el autobus, y llegue hasta tu sala de baile favorita. Hice la diagonal en la que estaba trabajando, y en un descuido, aún no se cómo, atravesé el cristal. Y por eso ahora estoy hablando contigo, reprimiendo las arcadas, y con la terrible sensación de sabor a sangre en la boca.

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