Un beso se murió, y cuando se enterró en el suelo floreció un papiro, con una pluma mal afilada y tinta no del todo negra, escribió algo en un idioma inventado, que dio a luz esto.... Dejadme en paz, no se ni lo que escribo. Tres Besos
martes, 20 de diciembre de 2011
Invierno
Abriste los ojos, y partiste la realidad en dos, como un juguete, como un espejo. Abandonaste tu cama, que poco a poco fue perdiendo calor, hasta quedarse como el oscuro contenedor de pesadillas que en realidad era, hasta quedarse como en único testigo de tu marcha. Necesitabas salir, irte de esa casa que te daba dolor de cabeza al ritmo que te oprimía el pecho, y aún tuviste el valor necesario para mirar atrás cuando te alejabas por la calle, sin prestar atención al peligroso color morado que tomaron tus labios. Baldosa a baldosa, parecías una Dorothy en busca de un Mago de Oz que te enseñara a atarte los cordones, que te alejaba de la tierra del oeste a un ritmo de treinta nudos. No te fue fácil encontrar un bar abierto, así que acabaste por coger robada una taza de un puesto, y saliste corriendo con el chocolate caliente, muy caliente. El chocolate sustituye al amor, pero tu no estabas para placebos, y rechazaste el cálido abrazo de la bebida navideña, y aún con los labios pintados de marrón, cogiste el primer autobús que pasó por la parada, sin saber el destino, sin sin mirar el número del letrero luminoso. Bajaste cuando las nubes dijeron que volvieras a la tierra, y te encontraste en el medio de una ciudad desconocida, llena de extraños, cerraste los ojos con fuerza, justo como te habían enseñado en clase que había que concentrarse, y una lágrima, un poco grisácea a causa del maquillaje, cayó sin pausa por tu moflete, y tocó el suelo ante la indiferente mirada de los viandantes . Abriste los ojos, todo volvió a su lugar durante cinco segundos. Los pájaros volvieron a volar, el sol brilló de nuevo, y el canto de los niños llenó la plaza. Pero, pasados los tres segundos de cortesía, en cuanto cayó la segunda lágrima, las nubes volvieron a cubrir la plaza, los pájaros se fueron, y del sol solo quedó un vago resplandor blanco detrás de los cirros . Nadie pudo salvarte del invierno en el que se fundía tu corazón
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