Cae y se hunde. Un animal sin boca engulle lo que nunca debió salir de ella, lo que tanto dolor a causado, cae y se hunde, y ahora, en el gigante estomago azul, descansa entre la arena del fondo. Carl se aparta un momento para mirar hacia atrás, donde el sol se está poniendo, toma carrerilla y salta con los brazos abiertos, y siente el aire golpear su sucia cara.
<<Es como dicen, ves toda tu vida momentos antes, aunque para mi, mi vida comienza en el momento en el que una adinerada doncella, en ese momento altiva y egoísta, va por una de las pequeñas calles de la capital de España, con el susurro del viento como único acompañante, encima de unos tacones color rosa.
Roxana, cómo se llama la chica, pasea su cara de desaprobación por mi figura, la de un mendigo tirado en la acera, con un raído vaso de café en alto.
<<Si están ahí es porque quieren>>piensa malhumorada<<Ensuciando las calles con su inhumana presencia. Chusma>>
En ese preciso instante su tacón se parte, y su collar de perlas se desata, esparciendo todas las cuentas por el suelo. Quiso la casualidad que la única perla especial de ese collar, fuera a parar a mis callosas manos. Roxana sigue andando, sin molestarse por recoger las perlas, ya que seguramente tiene otros collares como ese. Veo relucir la perla, golosa en las palmas de mis manos. Voy a venderla, a diferencia de las pesetas del vaso, con esta adquisición me podré pagar una noche en una posada cercana. Avanzo con mi paso quejumbroso, hasta una pequeña joyería. Llamo a la campanilla, y como espero no me abren, asíque sigo avanzando por la avenida. Avanzo hasta llegar a un descampado por donde cruza una pequeña vía de tren, donde los niños juegan al ritmo de las nubes, que avanzan pesadas hacia un nuevo horizonte. De repente empiezan a chillar, un tren se acerca y un niño se ha quedado atrapado entre dos travesaños, Corro, tan deprisa como me lo permite mi osteoporosis hasta la vía roja, donde levanto fuertemente el travesaño donde la zapatilla del niño sigue atrapada. La quita y corre, pero yo no sufro la misma suerte. EL tren me da en la nuca antes de que pueda agacharme. Sigue pasando por encima de mi, indiferente a que esté en el hueco justo para permitirle avanzar. Cuando pasa, noto algo caliente en el cuello. Sangre. Los niños se van corriendo y me quedo solo. Pasan minutos, quitas un hora, pasan trenes pero no me hacen daño, sigo en el mismo hueco que tienen los trenes entre las ruedas. Oigo sonidos, un trino de pájaro, el paso de una avioneta, hasta que escucho una voz. Me aferro a esa voz mientras se acerca su dueño, el niño al que he salvado la vida me mira, tiene la pierna escayolada. Su padre, el dueño de la voz, me arrastra hasta fuera de la vía, y me lleva hasta un coche, que me lleva al pequeño hospital de la ciudad. Paga al medico alegando que he salvado a su hijo. Me cosen la brecha y me hacen una transfusión de sangre, porque he perdido bastante, me cambian los jirones que llevo encima por ropa limpia, y el hombre me lleva a su casa, donde me explica que cuidara de mí.
Mi estancia en la casa de los Heers, la familia que me acogió duró unas semanas, hasta que una bala con el nombre de mi salvador se alojó en el pulmón del destinatario.
Abandoné la casa, con la sorpresa de que me había incluido en su testamento, nada más ni nada menos que el treinta por ciento de todo su capital, que invertí en una gran casa.
En la planta baja abrí un banco de comida, no iba a soportar que más gente pasara hambre. La dama, la dueña de la perla divina, que nunca se ha separado de mi, esta en frente mía con un tazón vacío, con el pelo sucio y descuidado, mirándome suplicante para que le de algo de comer. Antes de eso, le doy la perla con una sonrisa, y le digo dulcemente que todo va a ir bien. Le lleno el plato y le aconsejo que repita mas tarde.
Pero todo se trunca, los mendigos toman mi casa, irrumpen en mis habitaciones, y atracan mi caja fuerte, la revientan con los tenedores que les he brindado. Sacan mi dinero, secuestran mis criados, se llevan todo.
Me quedo sentado en el suelo de la gran sala de estar ahora vacía.
Unas semanas después
Vuelvo a estar en la calle, aunque bien vestido, he vuelto a adelgazar, y mi anoréxico cuerpo se muestra cansado y canoso.
Paseo tranquilamente por un parque mientras un montón de hojas amarillentas bailan al son de un acordeón que suelta sus notas a la tarde, que se presenta húmeda. Una pareja acomodada comenta algo. Oigo <<Roxana>>. Me acerco y me entero de que se va ha casar con un rico noble catalán, dentro de un mes en Barcelona. Los amantes van a la casa de Roxana, conmigo detrás, siguiéndoles. Entran y tras media hora salen con Roxana. Voy a hablarla. Me mira y se le ilumina la cara, me ofrece una invitación a su boda, aunque yo la rechazo porque no tengo medio para ir a Barcelona. Ella se ofrece a llevarme en la avioneta de su futuro.
Llegamos a Barcelona por la mañana, y entonces recuerdo lo que he venido a hacer. Le pido la perla, pero ella rehúsa de dármela, dice que le da mala suerte no llevarla. Tiene razón, en cuando la toqué, pagando un pequeño precio, me hice de oro, y no fue hasta que le di la perla que perdí toda mi suerte. A ella le pasó lo mismo. Le arranco el collar de perlas en el que se encuentra y salgo corriendo. Salgo de l aeropuerto y corro por la ciudad, hasta perderla de vista.
La boda de Roxana es un desastre, en el convite, se encontró a su recién adquirido marido pasando la noche de bodas con una rubia desconocida.
Yo estoy sentado en el parque de Güell observando la ciudad, ando hasta las afueras, hasta un acantilado. Tiro las perlas en el suelo embarrado, y enseguida distingo a la perla divina, que brilla con inusual embrujo. Me acerco al borde del acantilado y tiro la perla. Cae y se hunde. Un animal sin boca engulle lo que nunca debió salir de ella, lo que tanto dolor a causado, cae y se hunde, y ahora, en el gigante estomago azul, descansa entre la arena del fondo. Me aparto un momento para mirar hacia atrás, donde el sol se está poniendo, tomo carrerilla y salto con los brazos abiertos, y siento el aire golpear mi sucia cara. Observo desde los veinte metros las piedras que acechantes, me darán muerte cuando me sumerja en el agua. Respiro, y me siento vivo.>>

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